POLIORCÉTICA LEVANTINA - una delicia ..... vale la pena.

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POLIORCÉTICA LEVANTINA - una delicia ..... vale la pena.

Mensaje por CJP_BCN el Jue 18 Jul 2013, 00:26

POLIORCÉTICA LEVANTINA - Marc Roca

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Los refinados caballeros de la Mesa Redonda salían al trote en busca de aventuras sorprendentes por senderos fantasiosos mientras algunas bellas doncellas cultivaban las artes en sus fastuosos aposentos. En los textos medievales no se recuerda a Yvain, Perceval o Lanzarote aguardando el envite del enemigo tras una robusta almena, resistir las inclemencias de un sitio prolongado ni juntar hombro con hombro en la defensa embarrada de una fisura en las murallas. Cuando Chrétien de Troyes fijó las bases de los libros de caballerías a finales del siglo XII lo hizo pensando en un público cortesano y eran sus gustos los que mandaban: sus novelas loaban el estilo de vida de la nobleza, guerreros itinerantes ellos, administradoras de haciendas ellas, complacidos todos ante una versión idealizada de sus quehaceres cotidianos, la evasión de un día a día duro, a menudo precario y mezquino, que poco tenía que ver con la pompa de su reverso literario.

El Levante se aprovechó de la tendencia a tener la posesión.

Si no fue el primero le faltó muy poco, y atendiendo al contraste entre los recursos empleados y los logros conquistados fue sin duda el que sacó más provecho de ello. El Levante comprendió muy pronto que a raíz del éxito de unos y otros en el fútbol español se estaba generalizando una entusiasta apuesta por el dominio del balón que implicaba a la mayoría de equipos de Primera División. Casi todos querían tenerla, a veces por encima de sus posibilidades por asegurarla, y se fiaban más de ella que de otros recursos a pesar de los riesgos que supone cualquier propuesta futbolística cuando no está del todo asentada. El imperio de la posesión definía un modelo general de virtudes y defectos que caracterizaría a la mayoría de rivales, una veta tentadora a explotar por parte de aquel equipo que fuera capaz de especializarse en un estilo de juego contracultural: defensa posicional y salida directa.

Conocedor de primera mano de una forma de guerrear que le había dejado manco, Miguel de Cervantes dedicó la obra más importante de la literatura española a satirizar la imaginativa visión de la realidad característica de los libros de caballerías de los siglos precedentes, no sin salvar de su quema simbólica la mayor joya de la literatura catalana: a finales del siglo XV el valenciano Joanot Martorell había anticipado las inquietudes cervantinas sobre la representación de la guerra medieval, concretando en Tirant lo blanc una afortunada mezcla entre la estética propia de los libros de caballerías y una descripción precisa de la realidad bélica de la época. Su Tirante defiende y asedia fortalezas en lo que era el escenario más común de la guerra medieval, mucho menos dada a las batallas campales y a los duelos singulares entre caballeros que a la disputa de los castillos que definían el atomizado poder de un mundo feudal.

El primer Juan Ignacio Martínez también era peligroso

Nadie vivía tan cerca de su portería ni mostraba semejante temple ante el asedio enemigo. Su repliegue era muy bajo, una gruesa muralla de ocho hombres ordenados en dos filas entre las que no circulaba el aire, impertérritas ante el peloteo del contrario. La presión colectiva sobre la progresión rival no se contemplaba, la activación se reservaba para la jugada que amenazaba el área y allí la repuesta era tan feroz como certera. El balón suelto era una quimera, el rechace siempre favorable, el centro lateral un acto de fe. Dirigiendo la defensa de la ciudadela Ballesteros se sentía poderoso y la guarnición resistía sin desfallecer al paso de los minutos, recibiendo por cada atisbo de fatiga el espaldarazo vigorizante de un brazo negro y poderoso. Porque el primer Levante de Juan Ignacio Martínez era peligroso además de impenetrable. El golpeo de Barkero y las recepciones de Koné, un Koné increíble, constituían una seria amenaza.

Así como un puñado de hombres organizados podía mantener firmes las defensas de un castillo medieval su asedio resultaba mucho más complejo. La dificultad de reunir y abastecer durante meses a muchos hombres en una sociedad tan dispersa y los riesgos de un hacinamiento prolongado hacían mella en los sitiadores, que a menudo debían abandonar su empeño antes amenazar siquiera la moral de los defensores. Si el asedio se mantenía contra viento y marea era difícil aislar completamente a los sitiados del mundo exterior, de forma que la entrada de víveres al castillo, la salida de sus propios caballeros en una incursión fatal sobre el adormecido campamento enemigo o la respuesta exterior a una llamada de auxilio arruinaban la empresa del conquistador con una frecuencia significativa. Las muertes de Pedro el Católico, Simón de Montfort, Ricardo Corazón de León o Luís el Santo certifican lo peligroso que era desafiar a una muralla en aquellos tiempos.

La pérdida de Koné fue paliada con Obafemi Martins.

El fútbol es severo con los que se encierran sin respiro. El repliegue más meritorio tiende a hundirse si no cuenta con un mecanismo que aleje el balón de su propia portería y cuestione de algún modo el dominio del contrincante. Gekas pintaba bien para paliar la salida de Koné, pero no funcionó, y Martins funcionó mucho mejor de lo que pintaba, pero no duró. En contrapartida emergió el alegre Rubén como joven foco de ilusión en medio de un equipo veterano y taciturno y el Levante compitió de nuevo asumiendo algunos matices. Se permitió algunos compases de circulación a través de Míchel y ganó algunos metros desde la zancada de Diop. Menos contemplativo, algo más agresivo pero fiel a sus señas rocosas, el equipo que Juan Ignacio Martínez lega a Joaquín Caparrós es del gusto del andaluz. Casi tanto como el fútbol peleón del nueve al que se encomendará el nuevo señor del castillo.
CJP_BCN
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